domingo, 25 de agosto de 2024

ARREGLAR (5)

El bar Asturias estaba silencioso. De hecho, cosa rara, no había nadie, solo un pendejo bien lookeado, con ropa deportiva que costaba una fortuna, que cabeceaba siome delante de un café doble que se resignaba a enfriarse seguramente desde hacía un rato largo. El Laucha pensó que si no estuviera en la que estaba lo engatusaba con alguna historieta y le pelaba hasta los calzones, de última si tenía que amordazar a algún hijo de puta le servían. Pero no, no estaba para chiquitaje, el viejo Podestá era el viejo Podestá. Lo fue siempre, pero ahora que sabía que había fingido su muerte y todos se la habían comido, bueno, en fin, no alcanzaban los sombreros de una sombrería para sacarse el sombrero, como decía justamente el viejo. ¿Por qué carajo habría fingido su muerte? Difícil de saber. Podestá era un misterio, el único de los pesados que había conocido que realmente no tenía idea de para quién o para qué jugaba. El escabio le gustaba pero apenas, en su justa medida; a las minas no les daba bola, a la falopa tampoco; ¿la guita?, supuestamente le encantaba pero El Laucha se daba cuenta de que en el fondo, muy en el fondo no laburaba por la guita, si vivía como un indigente, o casi. ¿Y entonces... ¿por qué laburaba? Porque además laburaba groso, a otro nivel. ¿Por qué? ¿Para qué? Vicente, el dueño del Asturias, saludó al Laucha con un gesto de cabeza cansino y se rascó el ojo izquierdo, desganado. “Qué hacés, Laucha, ¿qué querés...?” preguntó con voz sepulcral. El Laucha pidió un tostado y una Quilmes. Vicente asintió y encendió un Parisiennes. El Laucha se sentó en una mesa en la que la luz de sol entraba por el ventanal, se arrepentiría en breve, la mañana amenazaba calor duro, pero bueno, a él le gustaba el sol. Vicente le trajo la birra y el tostado, El Laucha dio un mordisco al tostado, se tomó un trago de birra y miró el celular: nueve y tres minutos. Rarísimo, Podesta era la puntualidad en persona, de hecho hubiera esperado entrar y encontrarlo de toque, disfrazado por supuesto, pero reconocible para él, acomodándose los anteojos, leyendo de costado el diario. El Laucha empezó a dudar. ¿Y si era una cama? ¿Podía ser tanta mala suerte junta? ¿Dos camas en la misma semana? Por acto reflejo con la mano izquierda acarició la culata del fierro y con la derecha remató de un trago larguísimo la birra, mientras observaba alrededor. Estaba todo calmado, pero en un punto, sí, estaba demasiado calmado. Era raro que a esa hora en el Asturias solo estuviera ese pendejo. Por la calle pasaba una morocha de veintipocos años hablando por el celular a los gritos y un taxi a velocidad normal. El Laucha vio cómo el tachero doblaba a la izquierda, distraído, silbando, con cara de gil, mientras se concentraba en oír cada palabra de la conversación, por lo menos de lo que decía la morocha, cuando se le despertaba la paranoia el instinto de conservación lo llevaba a una capacidad hipertrofiada para captar cualquier movimiento o sonido de su entorno: en principio todo parecía normal. En la vereda de enfrente no había nadie; Vicente estaba adormecido, mirando vagamente la televisión, donde había un partido de basquet, o algo así, era claro que si había una cama para él no estaba enterado, juraría que por el sonido del bar adentro no había nadie más que ellos. Bueno, pero podían reventar el bar en medio segundo, cayendo de todos lados, no tenía por qué estar nadie en el Asturias, de hecho hacía tres días le había pasado eso. De golpe un tipo alto, muy rubio, casi albino, vestido de paisano pero con zapatillas Nike, entró de prepo, medio tambaleándose. Se acercó a Vicente, que salió enseguida de su abulia e hizo foco en el grandote. “Éste es el bar La Coruña?” preguntó casi gritando con un tono irónico, mal actuado. El Laucha se dio cuenta de que el albino estaba fingiendo la borrachera, casi podía jurarlo. Qué pelotudo, había caído de una ratonera, cómo carajo no le había pedido al que supuso Podestá mayores datos para corroborar quién era. “Laucha, pedazo de siome, dos camas en tres días, la puta madre, qué carajo te pasa...” se autorecriminó. Vicente ya le contestaba al albino que ese bar era el Asturias y que bajara la voz porque si no le iba a tener que pedir que se fuera. El Laucha se levantaba ya, con la mano en la culata del fierro, para salir ya mismo a ver si zafaba, y si no lograba salir a tiempo, bueno, lo de siempre, cuando sorpresivamente el chetito que estaba cabeceando medio dormido se levanto de la nada y se le cruzó, sonriendo irónico. “Hijo de puta”, pensó El Laucha y ya estaba por arrancar la nueve cuando notó que el pendejo le hacía una seña de que bajara un cambio. “Me parece que tenés que arreglar un asuntito con un viejo amigo tuyo, ¿no?...” El Laucha se quedó petrificado. El pendejo, que ahora notaba que no era tan pendejo, le guiñó un ojo. “Quedate tranquilo. Teníamos que chequear que estuvieras solo. Vení, tu amigo te espera, Mickey...” le dijo y encaró para la puerta.

domingo, 4 de agosto de 2024

DORMIR (5)

La almohada estaba caliente, molestamente caliente. El Laucha la manoteó como pudo y la hizo girar rápido, pesado, cansino; al sentir la tregua de frescura se volvió a dormir enseguida, o más que a dormir a desmayarse. Había pasado más de diez horas metido en una canaleta mínima, aguantando el calor, encima escuchando a los cobanis y sus historias. Insoportable, pero como siempre decía El Lito, todo el que estuvo en la tumba aguanta lo que sea con tal de no volver, así que El Laucha la había pasado mal pero tranquilo, sabiendo que todo el calor, toda la incomodidad, todo el dolor que estaba sintiendo metido en ese hueco no era nada comparado con el hecho de volver a caer en naca. Por un momento abrió los ojos y pensó en tomar un poco de agua pero no le dio el cuerpo y se dejó volver a arrastrar al sueño, sin antes monitorear alrededor y recordar que estaba en la casa de Patricio, el hermano del Lito, en la pieza de la piba muerta. Eso lo incomodó un poco y se llevó la mano al crucifijo, “Barbudo, por favor, dejame dormir...” La plegaria no funcionó: la idea de que estaba durmiendo en la pieza de la ahijada del Lito, que se había muerto a los tres o cuatro años lo empezó a traer a la vigilia con cierta inquietud. Se volvió a tocar el crucifijo “Barbudo, por favor, necesito dormir...”, pero no, El Barbudo con el favor del día anterior ya se había portado, parecía. La concha de la lora, ¿porqué Patricio le había dado esa zapie? Bueno, claro, porque otra no había. Un horror, la pieza estaba lleno de los juguetes y los recuerdos de la nena muerta, ¿porqué carajo no habían vaciado todo? De fondo, encima, empezó a distinguir los gemidos de La Amelia, la mujer de Patricio, hijos de puta, no vaciaban la pieza de la nena pero de coger no se privaban. “Odio a los muertos” se le disparó el pensamiento. Uf, eso le había dicho El Punga, un par de días antes de cortarse las venas. “Odio a los muertos”. El Laucha se incorporó, ya desvelado, ya paranoico. La luz del sol, por suerte, empezaba a insinuarse en la pieza. La Amelia gemía cada vez más alto y profundo, parecía que estaba por acabar. Pese a la paranoia la pija se le puso como una piedra, la jermu de Patricio no era muy linda pero un polvo era un polvo. Se empezó a pajear imaginándose que Patricio y él se la cogían, Patricio se hacía chupar la pija y él se la metía por el culo. Se calentó tanto que acabó a los treinta segundos, ahogó un suspiró profundo, que coincidía con el que desde el cuarto de al lado emitía La Amelia e instantes después, olvidado del culo de La Amelia, de la hija muerta de Patricio y La Amelia, de los muertos en general y de todo el puto mundo, El laucha volvió a dormirse. Nunca supo qué pasó pero cuando abrió los ojos era de noche. ¿Había seguido de largo desde las seis de la mañana hasta las ocho de la noche? Podía ser, venía cansado mal y la historia de la canaleta mucho no había ayudado. En la casa no se escuchaba nada, y extrañamente no se escuchaba nada en el resto del barrio. El Laucha, pese a haberse dormido todo, seguía cansado; pensó en revisar el celular y seguir torrando, Patricio le debía demasiados favores como para hacerse el estrecho. Abrió el celu desganado, tenía mensajes de todo el mundo, ninguno muy importante. Iba a cerrar el celular y a meterse de nuevo abajo de las sábanas cuando le cayó un mensaje desconocido, que abrió por inercia. Decía: “Mickey, quiero hablar con vos...”. El Laucha quedó descolocado. Solo había una persona que le decía Mickey, el viejo Podesta. Pero estaba muerto hacía cuántos años: ¿cuatro, cinco, seis? Lo primero que se le vino a la cabeza fue la frase de El Punga “odio los muertos”. Después, mecánicamente, preguntó: “¿quién sos?” La respuesta le llegó treinta segundos despues: “Mickey, mañana, en el bar Asturias, a las nueve de la mañana. Sin forradas”. El Laucha quedó pensativo. La respuesta era del viejo, no tenía duda ¿Entonces Podestá estaba vivo? “Odio los muertos”, pensó, se destapó, y por completo desconcertado, apoyó los pies en el piso.

viernes, 19 de julio de 2024

ZAFAR (5)

El calor era insoportable. El Nico fumaba con reticencia, molesto, y cada tanto miraba el celular, desde donde sonaba un reggeaton bajto y pegajoso. “Este puto no va a venir...” finalmente dijo desganado, casi como si la frase se le deslizara desde la comisura de la boca. El Laucha lo miró molesto: “este puto va a venir porque si no es fiambre, lo sabe de memoria...” El Nico asintió, descreído pero al mismo tiempo comprendiendo la lógica -irrefutable- del Laucha. Y sí, tenía que venir pero no venía hacia casi cuarenta minutos. Nadie espera cuarenta minutos a nadie, por lo menos en el ambiente en el que estaban. “Loco, nos está faltando el respeto, huacho. ¿Qué onda con este gil...?” La cara de desagrado del Laucha silenció al Nico de una. El Nico bajaba la vista, resignado, aunque sin deponer del todo la molestia, cuando de golpe se escuchó un frenazo y gritos, todos confusos, todos prepotentes, todos de cobanis. El Laucha pensó “uf, lo de siempre. Hijo de puta, nos cagó”. Cualquier otro que no fuera él hubiera sacaba la cuarenta y cinco y empezado a los corchazos sin mirar demasiado pero El Laucha no era cualquier otro. El Nico arrancó la escopeta y sacudió dos disparos seguidos, El Laucha no vio bien hacia dónde. Lo típico, lo que El Laucha hubiera hecho a los quince años. Qué manera de no entender, carajo. Qué manera etc... Estaban en una obra en construcción. Eso implicaba varias cosas, la primera y más complicada, múltiples accesos. Y si Titi los había acostado, la yuta ya conocería de memoria el terreno. Entonces, lo obvio, los iban a estar esperando en las salidas, para amasijarlos como si jugaran al tiro al blanco. ¿Entonces? No correr, no desesperarse, no adelantar la jugada. Nico daba un tercer escopetazo y un grito desesperado de alguien daba a entender que había acertado en alguna zona sensible de su cuerpo pero qué; ¿se podía cargar Nico a diez, doce, quince cobanis? Morir con las botas puestas estaba bien, pero si se podía evitar mejor. El Laucha vio a un cobani a ocho, diez metros avanzar acuclillado, y tenía el tiro limpio como para volarle la cabeza como si fuera un melón pero dudó y prefirió dejarlo pasar, porque iba a delatar su posición. Ahora ¿dónde carajo meterse? Ok, no tenía que exponerse al tiro al blanco pero igual iba a tener que salir por algún lado y la cosa era ¿por dónde? Sí, correr a los tiros hacia la salida era hacerse fusilar pero ¿dónde se podía meter? Rozó su cadenita con el crucifijo para que el Barbudo le tirara una punta, como el Barbudo tantas veces lo había hecho. Y de golpe el milagro: mientras escuchaba una serie de puteadas y un cuarto escopetazo de Nico y como respuesta una balacera -y otra serie de puteadas- de los yutas que le confirmaba que a Nico, salvo que se tratara de Robocop, ya lo habían hecho cagar, descubrió una suerte de canaleta donde ningún ser humano entraría, salvo él, por algo le decían El Laucha. Se calzó la cuarenta y cinco en las pelotas, tomó aire y se metió en la canaleta, a híper presión, super incómodo, pero aguantando como un campeón con la sensación de que ja, bueno, sí, capaz otra vez iba a zafar.

lunes, 17 de junio de 2024

REPLEGAR (4)

Helena se había ido hacía media hora y Arthur seguía en la misma posición en que la despidió, mirando la puerta fija y al mismo tiempo distradídamente. No se había movido medio centímetro, ni siquiera para hacer lo obvio, servirse un whisky o un vodka, algo que ayudara a empezar a diluir la decisión anunciada hacía un rato. Estaba en una suerte de limbo extraño, blando, contemplativo, por ahora indoloro. ¿Duraría? No volvería su cabeza -¿era su cabeza?- a llamarlo... no quería ni recordar el término, por miedo a convocarlo de nuevo. ¿Y si no servía de nada?... ¿Y si?... De una casa cercana llegaba un tema de King Crimson, del primer disco, o del segundo, el segundo que en realidad era más o menos el primer disco pulido, mejorado. ¿Cuánto hacía que no lo escuchaba? ¿Treinta años? Ya ni se acordaba cómo se llamaba el tema, pero la cabeza se le anegó de imágenes: El loco Fabián, con quince años, poniendo “In the wake or Poseidon” y encendiendo un porro, anunciando que la vida de todos iba a cambiar para siempre; su novia de entonces, Gracielita, dada vuelta de escabio y sin embargo cantando con fonética abrumadoramente exacta 21st century schizoid man; la cara desconcertada, mezcla de incomprensión y agravio, de su viejo, tanguero de ley, cuando entró a su cuarto vaso de ginebra con soda y hielo en mano, y él tirado en la cama escuchaba Moonchild; algunos años después, Pedro, también vaso de ginebra en mano (con hielo pero sin soda), explicando cómo lo hubieran metido en un manicomio si alguien en Termas Blancas lo hubiese encontrado escuchando algo así... Claro, es que era eso. Era eso. Le habían pasado demasiadas cosas. Demasiadas. Capaz su cabeza era como una CPU, que llegaba un momento que si no se la vaciaba o limpiaba colapsaba. ¿Pero cómo sería vaciarla? Arthur se levantó y -finalmente- se sirvió un vodka. “Todos nos estamos volviendo locos todo el tiempo”, pensó. “La ventaja de la mayoría es que no se da cuenta. Y yo ahora me estoy dando cuenta...” Se acordó de una cosa que le había dicho Pedro después de haber superado su primera crisis: “Arthur, volverse loco es que no seas vos el que habla sino que el lenguaje empiece a hablar por vos...” En su momento Arthur había captado la idea, que le había resultado sugestiva y a la que había conectado previsiblemente con Heidegger, Derridá y blah, blah, blah. Ahora sin embargo entendía todo lo doloroso que llevaba implícito: que el lenguaje te hable era estar poseído. Y sí, el ser humano estaba poseído, todos, todo el tiempo. El tema es que nunca había tomado conciencia real de lo que implicaba esa posesión. O había tenido una conciencia meramente teórica. Ahora tenía en claro todo el dramatismo que esa posesión llevaba consigo. Su cabeza pensaba por él. Y lo llamaba... En fin... Ahora no lo llamaba nada porque había ido para atrás. ¿Aseguraría el repliegue con Helena su estabilidad mental? Y entonces pasó. La voz, de nuevo: “ cagón...” Arthur se llevó las manos a la cara como un mal actor que tuviera que interpretar una escena patética. Cristo. Era imposible. ¿Qué podía hacer? Se tomó en fondo blanco el vaso de vodka y le dio una patada a una silla, que voló desparramando el diario del día anterior, que había quedado apoyado en la misma. La silla golpeó contra la pared y en la mano le quedó una hoja del diario, donde leyó, desconcertado, que el dueño de un hotel en el pueblo bonaerense de Termas Blancas decía que su mujer desaparecida había sido abducida por un ovni.

domingo, 2 de junio de 2024

COGER (4)

Helena, en corpiño y bombacha, le acercó el café con dulzura pero Arthur agarró la taza desganado, molesto. Todo se amontonaba, todo estaba mal. Encima lunes. Cristo. Era ateo pero no le salía otra cosa que decir eso : Cristo. Igual no lo dijo. Se acordó de su viejo, que era un laburante de la madera que jamás pisó iglesia ninguna pero que cada vez que se sacaba gruñía: por los claaaavos de Crrrristoooo... Bueno, él había eliminado a los clavos. Para los giles que pensaban que no había progreso. Helena le sonrió con esa elegancia maravillosa que tenía (hija de puta, ¿quién la había entrenado?) y le dio un beso apenas en la boca. “Ya está, ya te pediste el día. Olvidate de todo. Hasta de coger...” Arthur suspiró y tomo un trago del café. Se quemó un poco pero no le importó. Dio un segundo trago y pensó en Nisman. ¿Qué carajo habría pasado? Tenía que ser una cama, ¿cómo vas a matar a quién te denuncia? “En fin”, razonó, “uno que está peor que yo...” Helena se sentó al lado de él y lo miró a los ojos: “me podés decir qué le esta pasando a esa cabecita?...” Arthur tomó un tercer trago de café. “No sé. Bueno, o sí sé. Me estoy volviendo loco” anunció con una sonrisa tranquila, que desestimaba a primera vista la literalidad de la afirmación. “Ajá. ¿Y puedo preguntar por qué?” inquirió Helena en tono a medias preocupado, a medias jocoso. Arthur quedó atontado, invalidado en cierta forma por la simpleza de la pregunta. ¿Porqué se estaba volviendo loco? Si lo planteaba así no tenía mucho sentido. Estaba bien de guita, era un tipo reconocido, salía con una mina que era... sí, era y también era... pero bueno, ¿era solo eso? No podía ser. No podía ser. El podía pensar en términos racionales. Sí, había sido la pareja de Pedro, pero ¿qué?... ¿qué? No podía ser. No podía ser pero al parecer era. ¿En serio, solo por eso estaba tan fuera de eje? Si él no tenía ninguna culpa, si Pedro... “Bueno, además estaba lo de Nisman”, pensó con una leve fulguración de humor. “Esta país se va al carajo y yo me voy al carajo con él. Mi identificación con Argentina es total...” Helena lo miró comprensiva y como si le leyera la cabeza dijo: “Dale. ¿En serio porque Pedro y yo...”. Arthur hizo una seña de agobio para cortar el tema y se refugiaba en el café,cuando sintió una ereccción sorpresiva. Miró a Helena. Qué hermosa era Helena. Qué hermosa. Y él, qué idiota, ¿en qué estaba pensando?, Pedro hubiera sido el primero en bancarlo, así como él hubiese bancado a Pedro de darse las cosas al revés. Nada en sus auto-recriminaciones tenía ningún sentido. Dio un trago al café, lo apoyó en la mesa de luz y se recostó levantando la sábana, exhibiendo orgulloso su erección. “Ah, bueno...” dijo Helena, cómplice, y lo empezó a masajear, despacio. Se dieron unos besos apurados y unos segundos después Helena se metía su pija en la boca. Arthur le empezó a toquetear las tetas y a frotarle los pezones, como a ella le gustaba, y casi enseguida Helena se sacaba la bombacha y se montaba sobre él. Ya estaba adentro de Helena, gozando relajado y sintiendo que todos los putos fantasmas se desvanecían de una puta vez, cuando escuchó una voz en su cabeza: “traidor...” No era la voz de Pedro, era una voz neutra, tal vez su propia voz (¡¡¿en serio?!!), pero no era que lo pensaba él, el tema es que la escuchaba, sería su voz pero no era su voz, o no era su cabeza digiriéndola:“Traidor...” La pija se le comprimió en medio segundo. Helena intentó seguir pero más o menos rápido se dio cuenta de que la magia se había evaporado y que no tenía sentido. Sin atisbo de molestia, le dio un beso en la boca y se recostó a su lado.

sábado, 25 de mayo de 2024

MEAR (4)

Arthur se meaba mal. Miró si la veía a Helena. No estaba. ¿Dónde se habría metido? Estaban en el cine, iban a entrar a la sala, ¿por qué se había alejado? ¿Y por qué él no se acordaba por qué se había alejado? En el baño, en la puerta del baño, habia una cola larguísima y él estaba último. Delante de todo, dirigiendo la cola, había un tipo muy pero muy grande, que mediría ¿qué?... ¿dos metros y medio? Sería el tipo más alto del mundo. Mientras Arthur pensaba que hacer, si esperar la cola interminable o salir e irse a mear a un bar, el gigante, porque otra calificación no le iba, se puso a hablar: “señores...señores... señores... la podredumbre dorada. La podredumbre dorada nos cubre a todos. La podredumbre dorada nos cubre y nos salva. Padre Nisman que estás en el cielo...” Ahí todos los que los rodeaban empezaron a rezar, salvo Arthur, que confundido y casi meándose encima, lidiaba con qué hacer. Y de golpe apareció Pedro. Lo saludó apenas y le dijo “hermano, te espera Helena adentro del cine, meame en la boca”. Arthur dudó: “Pará, Pedro, ¿en la boca?”. Pedro le guiñó el ojo: “dale, boludo, te espera Helena para ver la peli, meame tranquilo...”. Arthur dudó pero estaba por pillarse encima, así que se desajustó la bragueta como pudo y terminó liberando el meo en la boca de Pedro, quien, extrañamente complaciente, abrió su boca y recibió la orina feliz, con una sonrisa apacible. En ese momento apareció Helena, estupefacta y furiosa. “Hijo de puta, qué haces chupándole la pija a mi pareja, loco enfermo de mierda...” Pedro se paró. Seguía sonriente: “Qué te preocupa que le chupe la pija a tu pareja si estoy... si estoy... ¿dónde estoy...? preguntó Pedro, como si de golpe se despertara de una pesadilla, muy angustiado. “Helena, decime... ¿adónde estoy?” Arthur se despertó sintiendo que su corazón iba a diez mil kilómetros por hora. Pensó que había pegado un aullido desesperado pero por la placidez de la cara de Helena se dio cuenta de que no, no había gritado, o que si había gritado había sido un grito más bien sofocado. La sensación de pánico e incomodidad le duró segundos largos igual. Pero en fin, una pesadilla. Había sido solo una pesadilla. Nada. O sea, ¿nada? En serio, ¿nada?. Arthur se bajó de la cama, miró el celular. Las cuatro y media. Bueno, había dormido tres horas. Para el ritmo que traía no estaba tan mal, pese al despertar de mierda y al hecho casi seguro de que no se iba a poder dormir de nuevo. Pero en serio, ¿tres horas? No, no estaba para nada mal. Se levantó despacio, casi arrastrando los pies se metió en el baño y meo sentado en el inodoro. Le vino a la cabeza que la noche anterior, mejor dicho hacía tres horas, no se le había parado. Eso lo deprimió. Estaba por empezar a cagar y por inercia se metió en la pagina on line de Clarín, donde lo primero que leyó fue que el fiscal Nisman había sido encontrado muerto en el baño de su casa.

domingo, 12 de mayo de 2024

ARREGLAR (4)

“Listo, arreglar, lo que se dice arreglar, arreglado...” le dijo el plomero, un tipo bajo, de nariz desmesurada, ojitos mínimos y (hasta ese momento) una cordialidad confusa, ambivalente y algo invasiva. Arthur miró el reloj (la una clavada) y asintió parco; estaba demasiado cansado para ser diplomático. Después el plomero empezó a hablar de los precios, de la inflación y empezaba a hablar de Nisman cuando Arthur lo cortó: cuánto le debía, tenía que tirarse a dormir, porque casi no había descansado. El plomero entendió y dijo el número, un número razonable pensó Arthur, sobre todo teniendo en cuenta el prólogo que le había hecho, que parecía augurar el pijazo económico del año. “Perfecto” dijo Arthur, peló la billetera, sacó la guita y se la dio. “Gracias jefe, cualquier cosa me chifla. Una última cosa, ¿usted cree en fantasmas?...” preguntó el plomero después de tocar el botón del ascensor. “No, la verdad que no. Nos vemos, Gabriel...” contestó un Arthur algo irritado y cerró la puerta. Entró a la cocina y por inercia se puso a calentar agua para un café pero después se acordó de que desde las siete y cuarto ya se había tomado cuatro y que tenía cero ganas de infusión ninguna. Le hubiera gustado comer algo pero era más que nada una especie de proyecto platónico, en realidad estaba tan molesto que ni hambre tenía. Dudó con una pera que tenía en la frutera sobre la mesa, pero la agarró, se la llevó a al boca, no llegó a morderla y la dejó. Por momentos creía que podía llegar a tirarse y dormir un rato pero temía al esfuerzo inútil, sobre todo porque tenía que arrancar con la crítica para el diario y todavía no tenía una línea. En ese momento le cayó un mensaje de Helena en el celular: “¿estás en tu casa?”. A Arthur le pasaron dos cosas al mismo tiempo: muchas ganas de decir que no y una erección violenta que desmentía esas ganas. Suspiró, desganado, y se sentó en el banquito que le había regalado su tía Susana hacía unos treinta años, o más, para una Navidad. “Qué ganas de volver”, pensó, nostálgico. “Qué linda esa Navidad...” Enseguida calibró: “¿el 93, el 94? ¿Qué linda Navidad? Jaja...” Lo sabía de memoria, el dispositivo Proust se activaba cuando estaba todo máso menos mal. ¿La Navidad del 93, o del 94, o del 92, o del 95? ¿La Navidad? Pero no tuvo tiempoe de seguir, segundo mensaje de Helena: “si estás en tu casa y te levantaste temprano, como debías, chico diez, tengo muchas ganas de hacer una siestita con vos...” La erección era insoportable pero al mismo tiempo era no menos insoportable el deseo de tranquilidad, el bajar todos los cambios al mismo tiempo. Y de golpe, de la nada, de la más absurda nada, se le vino a la cabeza lo que le preguntó el plomero. ¿Porqué carajo le había preguntado si creía en fantasmas? ¿Habría visto algo? ¿Algo como qué? Se acordó de la noche anterior, que en realidad no era anterior porque era el prólogo al día en el que estaba. Estaba seguro de que alguien le había dicho “traidor”, una voz física, perfectamente audible. ¿Un fantasma? ¿Por eso el plomero le habría preguntado si creía en fantasmas? Por supuesto que él no creía en fantasmas, pero, bueno, en fin... Si no estaba con alguien que lo relajara no iba a poder dormir, y si no podía dormir no iba a poder escribir el artículo. El problema es que la persona con la que iba a estar... De nuevo: en fin... “Venite, hermosa, te espero para la siesta”, escribió Arthur y se agarró la cabeza, agobiado. Estaba seguro de que desde todos los costados de la casa voces diversas lo llamaban traidor, pero de ser así, por suerte, en ese momento no escuchaba a ninguna.

jueves, 2 de mayo de 2024

DORMIR (4)

Pedro estaba parado en la esquina de Boyacá y J. B. Justo. Fumaba pensativo mirando hacia el sur, vagamente anhelante. De fondo se oía un tango raro, deforme, medio enfermizo, que llegaba de una librería. El cielo estaba gris y parecía que se iba a largar a llover de un momento a otro. Pedro dio una última seca al cigarrillo y tiró la colilla al piso. Unas gotas empezaron a caer pero Pedro no se protegió y sacó y encendió un cigarrillo nuevo. Un taxi paró muy cerca de Pedro y salpicó apenas su pantalón. Pedro no prestó atención al taxi. Seguía mirando al sur, como si esperara algo. La puerta del taxi se abrió y Helena bajó apurada, molesta con la llovizna, y se acercó a Pedro. “Mi amor, te estás mojando”, le dijo, medio empujándolo para que Pedro se cobijara debajo de un balcón. Pedro estaba con un nivel de abstracción decididamente anormal y se dejó arrastrar, sin oponer resistencia, sin colaborar. Helena lo miró extrañada: “¿Pedro, te sentís bien?” preguntó, algo preocupada. Pedro la miró serio: “No... No me siento bien... Se viene el maremoto...” anunció, sombrío. Helena se rio, apenas. “¿El maremoto?”... preguntó, y le guiñó un ojo. En ese instante un universo de agua se desplomó sobre ellos. Una ola gigantesca que tapó a Pedro y a Helena, sepultó Boyacá y J.B.Justo, anegó Caballito y Paternal y Flores, sumergió Buenos Aires, inundó la Argentina y ahogó -en un segundo- todo el planeta Tierra. “Noe”, dijo alguien. “Noé...” Pero Arthur abrió los ojos y no estaba Noé; por suerte, en realidad. Todavía nervioso, tomó aire, manoteó el vaso de agua que tenía en la mesa de luz y suspiró, momentáneamente aliviado. Después miró el celular: las cinco y cuarto. La puta madre... Cada vez le resultaba más difícil dormir. Y cuando al final se dormía no pasaban más de dos horas y se le aparecían unas pesadillas nunca del todo claras, pero en el fondo abominablemente simbólicas, que lo despertaban y de nuevo, de ahí hasta que apareciera el conchudo sol y quedar zombie todo el día, para llegar a la noche y así... ¿Cuánto tiempo llevaba en ésa? Varios meses, capaz un año. Desde que... Bueno, sí. ¿Pero qué culpa tenía él? Uf, otra vez. Arthur se levantó porque sabía que si intentaba volver a dormirse se iba a quedar dos horas girando en el cama cada vez más molesto, cada vez con más calor. Prendió la luz de la cocina, puso a calentar agua. El agua empezaba a hervir y sacaba un saquito de té taragui de su caja de infusiones cuando alguien dijo “traidor...”, bajo pero claro, bien claro. Traidor. Arthur sintió que el corazón le explotaba. No como en el cine la noche anterior, por una presión abrumadora y dolorosa, sino por una aceleración desmedida, como si viniera manejando a ochenta y de un segundo al otro pusiera el coche a doscientos. Como un nene encendió las luces y revisó la cocina primero, después toda la casa. Por supuesto no había nadie, ni había nada. Agotado, desmoralizado, se tomó el té despacio, mientras miraba cómo el sol del lunes asomaba indiferente por la ventana de la cocina, pensando además en la maldición de que el plomero, si cumplía su palabra, le caería dentro de unas tres horas.

domingo, 21 de abril de 2024

ZAFAR (4)

La música empezó súbita, o capaz Arthur estaba distraído y la música ya estaba ahí unos segundos antes, mientras mantenia los ojos cerrados mínimamente, como una tregua contra el sopor cotidiano, como un dique contra el cansancio del día. El cine silencioso, expectante, donde apenas se escuchaba el mandibulear terco y monótono de algún fanático pochoclero. Ahora... la música era extraña. Mejor dicho, no, en realidad no era extraña; de hecho, la conocía bien; de hecho la disfrutaba. Pallestrina. Ah sí, Pallestrina. Ah sí, Occidente. Ah sí, la polifonía. Ah sí. Todos esos siglos. Todos esos siglos, para atrás, para adelante. De la coronación de Carlomagno a la división Carlomagno. Y peor, porque mucho antes, y también mucho después. ¿Qué significaría ese encadenamiento? Y además ¿dónde terminaría todo? Porque se suponía que todo iba para algún lado, ¿no? Ja, el teleologismo que objetivamente lo habitaba, o mejor dicho, que lo constituía, pese a tanto y tanto post-estructuralismo en la facultad. Al fin y al cabo todos queremos (o sin querer, en definitiva) ir para algún lado; ir para algún lado aunque no tengamos la más puta idea de a dónde. Porque de eso hablaba Pallestrina, seguramente. El ansia faústica del infinito; ja, Spengler se le vino a la cabeza de golpe. Se acordó de estar comprando la Decadencia de occidente, el tomo I, en un kiosko de diarios, a principio de los noventa. Escena surrealista. ¿Qué hubiera pensado Spengler de eso? En fin, Spengler o no Spengler, Pallestrina se había callado y era hora de abrir los ojos y ver de qué iba la película. Pero no, carajo. De golpe un estilete se le metió en el corazón y lo dejó paralizado. Y no quedó ahí, el estilete se le empezó a revolver, como si lo estuviera operando un sádico. Gimió bajo y Helena, sorprendida, apenas preocupada, le preguntó si le pasaba algo. Arthur sintió un miedo molesto, infame pero entendible: estaba teniendo un infarto. No se quería morir; no, no se quería morir pero parecía que se moría, la puta madre, era como si un elefante le pusiera una pata sobre el pecho. Por hacerse el macho por última vez iba a contestarle a Helena que no, que se quedara tranqui, pero de golpe la presión aflojó. Pasaron tres, cuatro segundos y nada. Nada de nada. Si había tenido un infarto, o un pre-infarto, bueno... había zafado. Zafado como hacía poco, con el tema del diario. Definitivamente estaba en una racha a favor. Abrió los ojos. Helena, con los ojos más abiertos que él, le dio un beso en la boca y le susurró que miraran la película. Arthur asintió y volvió a cerrar los ojos, mientras los diálogos en inglés acariciaban su tranquilidad. La decadencia de Arthur, pensó para distender. La decadencia de Arthur tomo I.

sábado, 9 de marzo de 2024

REPLEGAR (3)

Guada entró a la habitación del hotel y apoyó la lata de Coca que venía tomando en la mesita de luz mínima, casi irreal. Todo era en miniatura en el hotel, pero la mesa de luz, bueno, sobrepasaba sus más mínimas expectativas. Se sacó la ropa, la dejó tirada a un costado de la cama y se metió en la ducha por segunda vez en el día. Retrospectivamente le dio un poco de verguenza haber hecho las dos entrevistas con ese olor a garche encima, pero bueno, gajes del oficio, nadie pareció haberse sentido incómodo. Se bañó relajada, se toqueteó un poco pensando que en un rato la que la iba a estar toqueteando sería Miriam, se entusiasmó pensando en que además de coger iba a poder seguir profundizando en la muerte de El laucha, que a esa altura le interesaba más que todo el rollo de los ovnis; se secó, tiró la toalla a un costado, se puso solo la bombacha y se tiró en la cama. Tomo un trago de Coca, observó por la ventana la noche calurosa y espesa, revisó el celu. Un mensaje de su ex, que le pedía por favor hablar, un mensaje de su primo, que le sugería no sabía qué libro sobre crónicas periodísticas, y un audio de Nadia, que reprodujo y que le decía: “qué hacés hermosa, ¿todo bien? ¿Estás viendo A dos voces? ¿Estás escuchando el bolazo de este tipo contra La jefa? Vamos a tener que ir para atrás, me parece. Me parece que tenemos que replegarnos. LLamame o mensajeame ni bien puedas...” Guada se quedó pensativa. No podía ver A dos voces porque estaba en un hotel de mala muerta de la provincia de Buenos Aires que no tenía tele. ¿De qué hablaría Nadia, quién sería “este tipo”? Podía ser cualquier cosa, “tipos” (y “tipas”) sobraban; viniendo de esos hijos de puta... En ese momento tuvo la primera sensación de mareo, de confusión. Le pareció, literalmente, que todos los sistemas de su cuerpo iban a menos y que ella quedaba como flotando. Intentó levantarse y se derrumbó sobre la cama al instante. Era como si todos los músculos de su cuerpo hubieran decidido rebelarse y dejarla sin un ápice de fuerza. Y en ese momento pasó lo increíble. Juan Anteojudo abrió la puerta del cuarto, sonriendo de oreja a oreja. Guada hubiera querido gritar, insultar, cagar a trompadas a Juan Anteojudo pero no tenía reacción. Ninguna. Cero. Nada. “Disculpame Guada. Hace rato que quería estar con vos. De cualquier forma. Te juro que me obsesionás. Gracias por recibirme, aunque sea, bueno, un poco dada vuelta...” dijo en un tono repulsivo que mezclaba una libinidosidad interminable con cierto aire definitivamente esquizo, el que Guada le había adivinado al final de la primera cita. ¿Cómo carajo la había drogado? Mientras veía al pajero asqueroso de Juan Anteojudo que empezaba a acariciarle la cara despacio, con lentitud morbosa, Guada razonó que el hijo de puta le había metido alguna falopa muy potente en la lata de Coca mientras se bañaba. ¿Y cómo había entrado al hotel? Mientras Juan Anteojudo le empezaba a chupar los pezones despacio, como jugando, llegó a la conclusión de que posiblemente hubiera alquilado una pieza. “Qué lindo la vamos a pasar esta noche, Guada... qué lindo la vamos a pasar...” anunció Juan Anteojudo con un susurro, y se empezó a desabrochar el pantalón.